Jóvenes escapando de los militantes de Hamás en un terreno desértico y en un auto.Masacre del 7 de octubre en Israel.

En su artículo “El lado correcto de la historia”, publicado en el periódico La Nación de Costa Rica el 10 de mayo del 2026, el Dr. Jaime Ordóñez incurre en exageraciones e inexactitudes.

Por ejemplo, la afirmación de las “70.000 toneladas de explosivos” y la comparación con “seis Hiroshimas” aparece citada en una publicación oficial de la Universidad de Bradford. Allí, James Rogers afirma que en Gaza se han lanzado “algo así como 70.000 toneladas de explosivos” y que Hiroshima equivalió a unas 12 kilotoneladas.

Rogers dice basarse en un informe de Scientists for Global Responsibility (SGR), organización británica que analizó datos oficiales y estimaciones sobre bombardeos en Gaza.

Parece que los grandes medios de comunicación han sido cuidadosos con tales afirmaciones, pues un titular como ese atraería muchos lectores. Es una comparación muy potente desde el punto de vista retórico y, sin embargo, ni siquiera la BBC la cita, que ya es mucho decir.

Medios y plataformas que sí reprodujeron explícitamente la comparación son Dawn, Press TV y diversas publicaciones en redes sociales de TRT World, CGTN, UNRWA —muy cuestionada, aunque forme parte de la ONU— y otras cuentas institucionales o militantes.

Alguien dirá que las cantidades no importan, sino lo que se produjo o se está produciendo en Gaza. Tienen razón, pero que Gaza viva una tragedia humanitaria no convierte automáticamente en ciertas todas las cifras, comparaciones o interpretaciones que circulan sobre el conflicto.

Hogar de una familia asesinada el 7 de octubre por militantes de Hamás en el sur de Israel.

La ligereza con las fuentes revela, al menos, un afán por defender tesis que se repiten en las calles, en boca de personas de muy diversa índole, como en un cajón de sastre, y la complejidad de Oriente Próximo desaparece cuando el debate se transforma en una lucha entre héroes morales y monstruos absolutos.

El artículo de Ordóñez tampoco cuida mucho las fuentes en lo referente a los muertos en Gaza. Son cifras utilizadas también por Francesca Albanese para sostener un supuesto “genocidio”.

Cabe destacar que la fuente es el Ministerio de Salud de Hamás. Sí, de Hamás. Lo más sorprendente es el nivel de credibilidad que se le otorga a un grupo terrorista financiado por Irán, cuyos militantes  “violaron, agredieron y torturaron sexualmente a sus víctimas durante y después del ataque terrorista del 7 de octubre del 2023 en el sur de Israel para maximizar el dolor y el sufrimiento”, publicó este 12 de mayo CNN, tomando como fuente el más completo informe sobre la masacre, elaborado por la Comisión Civil, grupo independiente no gubernamental creado por Elkayam-Levy para documentar y preservar las pruebas de lo ocurrido en esa fecha.

Pero, de nuevo, la magnitud de la tragedia en Gaza lleva a muchos a considerar secundario el debate sobre la veracidad de las cifras. Esa reacción es comprensible, sobre todo ante un conflicto de semejante dimensión humana. Sin embargo, los intelectuales saben lo malparados que pueden quedar si alguien encuentra costuras abiertas que, al sumarse, dan cuenta de que el resto del relato también puede contener inexactitudes u omisiones.

Precisamente porque el sufrimiento de tantos es real, el debate exige menos consignas morales y más rigor intelectual. Por ejemplo, Albanese —a quien Ordóñez cita a la altura del Papa— reconoció que sus comentarios del 2014 sobre el “Jewish lobby” fueron “desafortunados, analíticamente inexactos e involuntariamente ofensivos”.

Textualmente agregó: “La gente comete errores. Me distancio de esas palabras, que no usaría hoy, ni las he usado como relatora especial de la ONU”.

Y el año pasado, cuando propalestinos asaltaron la redacción del diario La Stampa, aseguró que aquello era una advertencia para que la prensa volviera “a su trabajo, que es poner los hechos de nuevo en el centro y, si se lo pueden permitir, hacer un mínimo análisis y contextualización”. En otras palabras, relativizó la violencia contra periodistas mientras condenaba otro tipo de violencia. Ese es un doble rasero, como dice el autor.

Ahora bien, vayamos al meollo: la enorme preocupación de Ordóñez lo lleva incluso a minimizar la tragedia ucraniana y a no citar otras, como la de los propios iraníes en manos de un régimen que los decapita si protestan. El mejor ejemplo es la premio nobel de la paz Narges Mohammadi, periodista y defensora de los derechos humanos, condenada por distintos cargos y cuya salud se ha deteriorado gravemente. Sus “delitos” han sido defender la igualdad, criticar el uso obligatorio del hiyab y protestar contra las ejecuciones en Irán. Poca cosa.

Por otra parte, los sudaneses no cuentan con una maquinaria comunicacional tan eficaz ni con la misma atención mediática internacional.

Según diversos organismos internacionales, entre estos «los analistas siguen sin poder calcular con precisión el número de víctimas mortales del conflicto en Sudán, cuyas estimaciones oscilan entre 61.000 y varios cientos de miles. La ONU continúa pidiendo más ayuda, ya que más de 33 millones de sudaneses —afectados por la mayor crisis de hambre del mundo— esperan con urgencia asistencia humanitaria».

Pero vamos al meollo del asunto. Aclaremos primero que hasta ahora solo se han señalado errores de precisión o dobles raseros en un artículo de opinión.

La tragedia en Oriente Próximo, abordada por el autor desde una perspectiva claramente inclinada hacia uno de los bandos, incluye también a Israel, país que desde su fundación en 1948 vive defendiéndose de quienes quieren exterminar a sus habitantes, incluidos cristianos, musulmanes, personas de otras religiones, judíos y ateos que conviven pacíficamente.

El meollo es que el autor del artículo teme la aniquilación del pueblo palestino, pero no propone una salida al conflicto. Pedir el fin de las guerras, por supuesto, es una aspiración de lógica irrebatible.

Pero ¿cómo? ¿Los israelíes se van con sus bártulos a buscar vida en otro sitio? ¿Dejan de defenderse para que no los vean como los chicos malos del barrio y permitir así que Hamás, Hezbolá, los hutíes de Yemen y otros proxys de Irán los aniquilen? ¿O se fundan dos Estados: uno judío y otro palestino?

La última opción ha sido rechazada en varias ocasiones.

Como puede deducirse, la salida no es tan fácil, tristemente, aunque nadie quiera guerras, como bien dice León XIV. 

Nadie quiere la aniquilación de ninguno de los dos pueblos. ¿Cierto o no? La respuesta a esta última pregunta ayudaría a distinguir entre quienes buscan una salida pacífica y quienes terminan justificando, explícita o implícitamente, la destrucción del otro. Entre quiénes son antisemitas y quiénes, verdaderos pacifistas.

Autora: Guiselly Mora, periodista, máster en Comunicación Transmedia, exeditora de Opinión del periódico La Nación de Costa Rica.